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España superó a Brasil en los octavos de final, pero en la siguiente eliminatoria tuvo que enfrentarse ante el peor rival posible, la anfitriona, Italia
España, en el Mundial del 34, se estrelló, como en época de Felipe II, con los elementos. Si frente a la Inglaterra en el siglo XVI fueron las tormentas del Mar del Norte, ante Italia se trató de los intereses creados en torno a las aspiraciones de un equipo transalpino muy bien apadrinado por Benito Mussolini.
Tras eliminar a Brasil en octavos de final de aquel Campeonato del Mundo, la Selección afrontó los cuartos contra el peor rival posible: el anfitrión italiano. El equipo se trasladó en tren a Florencia para jugar el partido y fue recibido en la estación, en un gesto de gran caballerosidad, por el propio seleccionador rival, Vittorio Pozzo.
Ambos equipos se jugaron el pase a las semifinales el 31 de mayo de 1934, en el florentino estadio Comunale. Se trató de un encuentro no solo muy competido sino brusco e incluso violento: de hecho, ha pasado a la historia como “la batalla de Florencia”. En el minuto 30, una astucia en el saque de una falta entre Lángara y Regueiro -autor del tanto- puso por delante a los españoles. Al final de la primera parte, a la salida de un córner, los italianos empataron. Los jugadores de la Selección reclamaron que ese gol llegó en clara falta sobre Zamora quien fue agarrado por Schiavio. El Divino explicaría en un artículo en el diario ABC la injusticia de la que habían sido objeto. Y empezaba aquel escrito con un expresivo “nos han birlado el partido”. En la segunda parte, el árbitro anuló también un tanto español (a Lángara) por un polémico fuera de juego y el marcador ya no se movería de ese 1-1 tampoco en los 30 minutos de prórroga, por lo que hubo de disputarse un partido de desempate.
Ese encuentro se jugó al día siguiente, el 1º de junio, con siete jugadores españoles ausentes tras quedar ko en el primer choque (Zamora, que acabó con dos costillas rotas, Lángara, Ciriaco, Gorostiza, Fede, Iraragorri y Lafuente). La Selección cayó en esa “segunda batalla de Florencia” por la mínima en un partido marcado por la lesión de Bosch que dejó aún más mermado al equipo español en su banda izquierda. Además, dos goles españoles no subieron al marcador, uno de Reguerio y otro de Campanal.
Todo parecía dispuesto para contribuir a que Italia llegara a la final, pues como sostuvieron ABC y Mundo Deportivo, España “debía” ser eliminada y “por fin” se había dejado libre el camino al país organizador. Una viñeta del diario Mundo Deportivo era muy expresiva a la hora de plasmar cómo se decantó la balanza hacia una selección italiana arropada por las influencias de Benito Mussolini.

Quincoces explicaría que la Selección hizo frente a un contexto desfavorable no solo por las numerosas bajas y por la presión del público, sino también por el agotamiento causado por el partido del día anterior, así como por una serie de decisiones polémicas: “Cuando saltamos al terreno de juego para disputar el segundo encuentro, al ver el griterío del público, la fuerte presión ambiental, ya estábamos convencidos de que no íbamos a pasar. Era literalmente una encerrona. Si después de haber sido mejores en el anterior encuentro no nos dejaron ganar, ahora lo teníamos mucho más difícil. Además, tuvimos que jugar con muchas bajas. Yo mismo salí al campo con una rodilla muy lastimada, sabiendo que no iba a poder jugar al máximo… El problema era que por muy bien que jugásemos, el árbitro siempre se inclinaría a favor de Italia… Fue una lástima”.
Si bien en aquella eliminatoria prevalecieron los elementos ajenos al fútbol, los jugadores que estuvieron en Italia acabaron convertidos en héroes nacionales como bien se pudo comprobar en su regreso a España.
Tras eliminar a Brasil en octavos de final de aquel Campeonato del Mundo, la Selección afrontó los cuartos contra el peor rival posible: el anfitrión italiano. El equipo se trasladó en tren a Florencia para jugar el partido y fue recibido en la estación, en un gesto de gran caballerosidad, por el propio seleccionador rival, Vittorio Pozzo.
Ambos equipos se jugaron el pase a las semifinales el 31 de mayo de 1934, en el florentino estadio Comunale. Se trató de un encuentro no solo muy competido sino brusco e incluso violento: de hecho, ha pasado a la historia como “la batalla de Florencia”. En el minuto 30, una astucia en el saque de una falta entre Lángara y Regueiro -autor del tanto- puso por delante a los españoles. Al final de la primera parte, a la salida de un córner, los italianos empataron. Los jugadores de la Selección reclamaron que ese gol llegó en clara falta sobre Zamora quien fue agarrado por Schiavio. El Divino explicaría en un artículo en el diario ABC la injusticia de la que habían sido objeto. Y empezaba aquel escrito con un expresivo “nos han birlado el partido”. En la segunda parte, el árbitro anuló también un tanto español (a Lángara) por un polémico fuera de juego y el marcador ya no se movería de ese 1-1 tampoco en los 30 minutos de prórroga, por lo que hubo de disputarse un partido de desempate.
Ese encuentro se jugó al día siguiente, el 1º de junio, con siete jugadores españoles ausentes tras quedar ko en el primer choque (Zamora, que acabó con dos costillas rotas, Lángara, Ciriaco, Gorostiza, Fede, Iraragorri y Lafuente). La Selección cayó en esa “segunda batalla de Florencia” por la mínima en un partido marcado por la lesión de Bosch que dejó aún más mermado al equipo español en su banda izquierda. Además, dos goles españoles no subieron al marcador, uno de Reguerio y otro de Campanal.
Todo parecía dispuesto para contribuir a que Italia llegara a la final, pues como sostuvieron ABC y Mundo Deportivo, España “debía” ser eliminada y “por fin” se había dejado libre el camino al país organizador. Una viñeta del diario Mundo Deportivo era muy expresiva a la hora de plasmar cómo se decantó la balanza hacia una selección italiana arropada por las influencias de Benito Mussolini.

Quincoces explicaría que la Selección hizo frente a un contexto desfavorable no solo por las numerosas bajas y por la presión del público, sino también por el agotamiento causado por el partido del día anterior, así como por una serie de decisiones polémicas: “Cuando saltamos al terreno de juego para disputar el segundo encuentro, al ver el griterío del público, la fuerte presión ambiental, ya estábamos convencidos de que no íbamos a pasar. Era literalmente una encerrona. Si después de haber sido mejores en el anterior encuentro no nos dejaron ganar, ahora lo teníamos mucho más difícil. Además, tuvimos que jugar con muchas bajas. Yo mismo salí al campo con una rodilla muy lastimada, sabiendo que no iba a poder jugar al máximo… El problema era que por muy bien que jugásemos, el árbitro siempre se inclinaría a favor de Italia… Fue una lástima”.
Si bien en aquella eliminatoria prevalecieron los elementos ajenos al fútbol, los jugadores que estuvieron en Italia acabaron convertidos en héroes nacionales como bien se pudo comprobar en su regreso a España.