A la Selección española:
Escribo este texto para dar las gracias, aunque lo primero que debo hacer es presentarme. Mi nombre es Andrés y soy argentino, así que como supondrán, siempre simpaticé por mi selección. Por eso esto no es un agradecimiento personal. Quiero agradecerles no por su fútbol, que obviamente sí alabé estos últimos seis años, ni por sus victorias, que reconozco merecidas, sino por lo que generaron con ello.
Mi abuelo Cipriano, que se exilió de España después de la guerra y se vino a Argentina, siempre fue un fanático fervoroso de la Selección española, pero su decepción siempre era la misma mundial tras mundial, y las cargadas (bromas) futboleras en competiciones internacionales tenían siempre como objetivo al gallego. Recuerdo cómo mis hermanos y yo nos sentábamos a su lado a ver los partidos de España, sin más afán que acompañarlo, y cómo sufría siempre con las derrotas. “Nunca pasamos de cuartos”, se lamentaba, pero siempre defendía a capa y espada a esos jugadores con quienes compartía nacionalidad.
Pero todo ese apoyo al equipo del país del que tuvo que huir se vio recompensado hace unos años. No recuerdo, a decir verdad, cómo celebró la Eurocopa del 2008. Busco esa imagen y no la encuentro en mi cabeza. Tengo sí grabado el recuerdo de verlo sentado en su sillón negro, el mismo que utilizaba para ver los partidos de su querido Real Madrid, con el pecho inflado por un juego que lo deslumbraba por elegancia y eficacia.
Quiero agradecerles no por su fútbol, que obviamente sí alabé estos últimos seis años, ni por sus victorias, que reconozco merecidas, sino por lo que generaron con ello
Llegó el 2010 y el Mundial de Sudáfrica irrumpió en el peor momento. El 16 de junio, el día de aquel debut torcido ante Suiza, a mi abuelo lo ingresaron en una residencia. Lidiaba con un tumor en la próstata y con una enfermedad neurológica que le quitó su lucidez en cuestión de meses. Pasó sus últimos minutos en la casa que vivió desde que se instaló en Rosario (Argentina), sentado en su sillón sufriendo por su querida España.
El gallego terminó de apagarse en aquella residencia. La peleó hasta julio del año pasado, cuando su corazón, gigante como el de los guerreros de La Roja, dijo basta. Pero allí, en una habitación desabrida, fue donde miró la final ante Holanda. Observó el partido sin decir una sola palabra. Ni el gol de Iniesta quebró su mirada fija hacia el televisor. Cuando el árbitro pitó el final, Cipriano sonrió y lloró. Su emoción duró varios minutos. Recuerdo que lloré abrazado a él. España, su España, era por fin campeona del Mundo. Y él, desmemoriado, sin su sillón negro, ya sin fuerzas pero con el sentimiento intacto por un país al que amó y defendió siempre a la distancia, pudo darse el gusto de ver semejante proeza junto a sus nietos.
Por esas lágrimas, por esa última alegría, gracias. Que ninguna desazón deportiva tape lo que solamente ustedes lograron: el llanto de Cipriano por un sueño hecho realidad.
Simplemente, gracias.
Andrés Actis