Valerón nació en Aguineguín (Gran Canaria) el 17 de junio de 1975. Ha pasado durante su carrera por la Unión Deportiva Las Palmas, el Real Mallorca, el Atlético de Madrid y el Deportivo de La Coruña desde el año 2000 al 2013. Ahora ha regresado a su casa, a Las Palmas, para ayudar a devolver a su equipo a la máxima categoría.
El jugador canario fue internacional con la Selección Absoluta en 46 ocasiones desde 1998 a 2005 y marcó en ese periodo cinco goles. Jugó dos Eurocopas (2000 y 2004) y un Mundial (2002).
Fue así un hombre en el que confiaron varios seleccionadores como José Antonio Camacho, que fue quien primero lo convocó, e Iñaki Sáez.
Este último confesaba su admiración por el juego del canario cuando decía: "Es obvio que si soy el seleccionador es porque estoy convencido de que es más positivo para el rendimiento del equipo que Valerón salga en el segundo tiempo. Otra cosa es que todos nos divertimos más cuando él tiene la pelota. En eso estamos todos de acuerdo".
Lo cierto es que Valerón aportó una calidad, un trato exquisito del balón y un criterio futbolístico que le convierten en un claro precedente de la generación que llegó después y que con esos mismos mimbres ganó dos Eurocopa y un Mundial.
Todos sus compañeros de entonces se rendían a su magia.
Por ejemplo, Diego Tristán, era muy elocuente cuando confesaba que "es un lujo tener a Valerón... un grandísimo lujo. Para mí, Valerón hace cosas que están al alcance de muy pocos futbolistas en el mundo, y hay que quitarse el sombrero después de la temporada que ha completado. Creo que ni él mismo es consciente de lo que hace dentro de un campo, y espero que en el Mundial, para deleite de todos los españoles, pueda seguir demostrando la misma clase que ha exhibido ya en la Liga".
Y no solo causaba admiración entre lo jugadores sino que la prensa también elogiaba la clase que lo adornaba. Valga como resumen y ejemplo estas palabras de Julio César Iglesias en el diario El País: "Desde un principio, Juan Carlos Valerón tuvo destellos de crack. Para empezar, se deslizaba sobre el campo con la elegancia de un campeón de patinaje. Todos sus gestos y movimientos, el braceo en la carrera, la limpieza de la zancada, la sobriedad de sus recortes y el ajuste de sus quiebros, sugerían una delicadeza que fácilmente podía confundirse con endeblez".