La copa del año 28, la final de los poetas
La final (el tercer encuentro) la ganó el Barcelona por 3 goles a 1 en un partido que se disputó en los campos de Sport del Sardinero en Santander el 29 de junio. Pero antes hubo otros dos encuentros (el 20 y el 22 de mayo) que acabaron con sendos empates a uno, también en tierras cántabras. Al no haber penaltis para decidir el campeón por eso se jugaron tres finales.
En el primero de esos partidos, jugado el día 20 de mayo, el portero del Barcelona, el húngaro Platko, se convirtió en la gran figura del choque.
El Sport Cantabria lo contaba así: "Cuando la Real estaba achuchando la portería catalana, su delantero centro Cholin, en una posición envidiable, avanzó hasta la portería. Cuando el gol parecía inevitable, el guardameta Platko realizó una gran estirada y se arrojó sobre el pie del jugador donostiarra conteniendo así el tiro, pero a cambio de recibir en la cabeza el golpe destinado al balón. La patada fue brutal, Platko quedó conmocionado y tuvieron que retirarle del campo para aplicarle 6 puntos de sutura en la herida ensangrentada."
El poeta Rafael Alberti, que vio el partido en el campo, muy impresionado por la actuación del portero magiar, dedicó al guardameta una oda, aparecida en la primera página del periódico "La Voz de Cantabria" del día 27 de mayo de 1928 y que acababa así:
“No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Ni el final: tu salida,
oso rubio de sangre,
desmayada bandera en hombros por el campo.
¡ Oh, Platko, Platko, Platko
tú, tan lejos de Hungría !
¿ Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte ?
Nadie, nadie se olvida,
no, nadie, nadie, nadie”.
Esta oda no gustó a otro poeta, también aficionado al fútbol, pero en su caso seguidor donostiarra: Gabriel Celaya le dio la respuesta poética a Alberti escribiendo, a su vez, una oda en la que aseguraba que el responsable de que la Real no hubiera ganado no era Plattko sino los errores arbitrales:
Y recuerdo también nuestra triple derrota
en aquellos partidos frente al Barcelona
que si nos ganó, no fue gracias a Platko
sino por diez penaltis claros que nos robaron.
Camisolas azules y blancas volaban
al aire, felices, como pájaros libres,
asaltaban la meta defendida con furia
y nada pudo entonces toda la inteligencia
y el despliegue de los donostiarras
que luchaban entonces contra la rabia ciega
y el barro, y las patadas, y un árbitro comprado.
Todos lo recordamos y quizá más que tu,
mi querido Alberti, lo recuerdo yo,
porque yo estaba allí, porque vi lo que vi,
lo que tú has olvidado, pero nosotros siempre
recordamos: ganamos. En buena ley, ganamos
y hay algo que no cambian los falsos resultados".
Fue, por lo tanto, una final épica (se jugó a tres partidos), que costó sangre (sobre todo a Platko), sudor (a todos los esforzados futbolistas) y lágrimas (a los aficionados donostiarras). Y fue una final que se jugó sobre el césped y en el Parnaso, donde moran los poetas.